“El equipo campeón”… bah!
Nunca creí en ese slogan. Nuestra identidad no se puede resumir solamente a la acumulación de victorias. Atarnos a esto es resignarnos a ser meramente resultadistas (por más que sea amplia parte del ADN deportivo venezolano). Sería también admitir que sin el título, somos nada.
No. Cuando reviso la corta película de memorias en mi cabeza y cuando miro a mi alrededor en la grada del Pachencho, yo sé que somos más que eso.
Por eso, hoy en día, hay tanta melancolía y rabia en el entorno bicolor. Pareciera que ustedes no entendieran que somos más que un resultado en la pantalla.
Mi punto es el siguiente: ese uniforme que se ponen, no es de tela.
Ese uniforme es mi tierra, la Maracaibo vibrante y el bello estado que la acoge.
Es lo simbólico del puente, la gaita y la Chinita.
Es mi gente, colorida y espontánea, apasionada y alegre.
Es mi familia, desde mi madre que nació en la Cañada de Arismendi hasta mi padre que nació en Santa Lucia.
Es mi grupo de amigos, aquellos que sacrifican tiempo, dinero y energía para seguir al equipo.
Es el cúmulo de las lagrimas que he derramado en buses regresando tras una derrota decisiva (y han habido varias).
Es el abrazo fraternal que me une con otro fanático cuando conseguimos un ansiado gol.
Es la memoria de todos los que se la pusieron antes, los que la sudaron, los que la amaron, los que la usaron para secar sus lagrimas y para alegrar una vuelta olímpica.
Es mi pasado, mi presente y, Dios quiera, mi futuro.
Es todo lo que atesoro y todo en lo que creo.
En fin, ese uniforme soy yo.
De ahí viene la rabia. De ahí viene el descontento. De ahí la tristeza. Al no matarse en la cancha, es una cachetada a todo lo que soy y todo lo que quiero. Es un insulto al deseo que quema en mi de estar donde ustedes están, jugando futbol como medio de vida. Es un escupitajo al niño que se sienta en la grada que sueña y aspira que ese sea su futuro.
Al principio de la temporada, comenzamos a rodar sin muchos de los pilares que construyeron la historia del club. Aunque doloroso, muchos dijimos “estos son los muchachos que escribirán el próximo capítulo. Su hambre y capacidad los hará los nuevos pilares de nuevas historias. Ellos se adueñarán de la camiseta que los otros les dejaron e iremos juntos hacia el futuro”.
Parece que nos equivocamos.
Entiéndanlo bien: el propósito que nos unifica no es el título. Esa es sola una posible consecuencia. El propósito es darnos íntegros por honrar todo lo que representan esos colores. Así el título se escape, hay mucho más por qué luchar.
Como nuestro honor.
Ese que un capitán Angelucci avivaba en los camerinos en Maturín cuando el titulo era improbable.
Ese que, esa misma tarde, congregó a 20 hinchas luego de un viaje de 24 horas en una buseta (mejor dicho, lata con ruedas) que fueron a celebrar el esfuerzo de un equipo que se levantó del fondo de la tabla. El título fue la consecuencia, el honor fue el propósito.
Ese honor que llevó a Darío Figueroa a erigirse como uno de los ídolos de esta institución, al esforzarse temporada tras temporada para hacerse necesario en la titular, cuando muchos técnicos lo descartaban. Ese honor fue el que lo impulsó a reaparecer una vez en el Pachencho para matar a un equipo fantasma que pensó que él no cabía ahí. No, su casa estaba en la otra banca.
Ese honor que hizo que el joven Daniel Arismendi no fuese otra joven promesa del futbol venezolano en quemarse y quedarse solo con esa etiqueta. Que le hizo luchar en su era de prestamos y convertir un apodo en un nombre propio, que grita todo un país. Cafu no juega para Brasil, él juega para el Unión.
Ese es el honor que falta hoy en día. El que ha hecho que gente que iba hasta cuando tuvimos la amenaza de descender, diga que no va más hasta que vea algo más en la cancha.
No pedimos que sean el equipo campeón. Simplemente que sean un equipo con honor. Que se miren profundamente y saquen ese extra.
Hacen eso, y la camiseta también será suya y seremos una familia otra vez, arropados por el honor de luchar para dar lo mejor de nosotros mismos. Hacen esto y les prometo, que le exigiremos a las futuras generaciones los honren a ustedes también.
Firma:
Cualquiera en la grada.
Nunca creí en ese slogan. Nuestra identidad no se puede resumir solamente a la acumulación de victorias. Atarnos a esto es resignarnos a ser meramente resultadistas (por más que sea amplia parte del ADN deportivo venezolano). Sería también admitir que sin el título, somos nada.
No. Cuando reviso la corta película de memorias en mi cabeza y cuando miro a mi alrededor en la grada del Pachencho, yo sé que somos más que eso.
Por eso, hoy en día, hay tanta melancolía y rabia en el entorno bicolor. Pareciera que ustedes no entendieran que somos más que un resultado en la pantalla.
Mi punto es el siguiente: ese uniforme que se ponen, no es de tela.
Ese uniforme es mi tierra, la Maracaibo vibrante y el bello estado que la acoge.
Es lo simbólico del puente, la gaita y la Chinita.
Es mi gente, colorida y espontánea, apasionada y alegre.
Es mi familia, desde mi madre que nació en la Cañada de Arismendi hasta mi padre que nació en Santa Lucia.
Es mi grupo de amigos, aquellos que sacrifican tiempo, dinero y energía para seguir al equipo.
Es el cúmulo de las lagrimas que he derramado en buses regresando tras una derrota decisiva (y han habido varias).
Es el abrazo fraternal que me une con otro fanático cuando conseguimos un ansiado gol.
Es la memoria de todos los que se la pusieron antes, los que la sudaron, los que la amaron, los que la usaron para secar sus lagrimas y para alegrar una vuelta olímpica.
Es mi pasado, mi presente y, Dios quiera, mi futuro.
Es todo lo que atesoro y todo en lo que creo.
En fin, ese uniforme soy yo.
De ahí viene la rabia. De ahí viene el descontento. De ahí la tristeza. Al no matarse en la cancha, es una cachetada a todo lo que soy y todo lo que quiero. Es un insulto al deseo que quema en mi de estar donde ustedes están, jugando futbol como medio de vida. Es un escupitajo al niño que se sienta en la grada que sueña y aspira que ese sea su futuro.
Al principio de la temporada, comenzamos a rodar sin muchos de los pilares que construyeron la historia del club. Aunque doloroso, muchos dijimos “estos son los muchachos que escribirán el próximo capítulo. Su hambre y capacidad los hará los nuevos pilares de nuevas historias. Ellos se adueñarán de la camiseta que los otros les dejaron e iremos juntos hacia el futuro”.
Parece que nos equivocamos.
Entiéndanlo bien: el propósito que nos unifica no es el título. Esa es sola una posible consecuencia. El propósito es darnos íntegros por honrar todo lo que representan esos colores. Así el título se escape, hay mucho más por qué luchar.
Como nuestro honor.
Ese que un capitán Angelucci avivaba en los camerinos en Maturín cuando el titulo era improbable.
Ese que, esa misma tarde, congregó a 20 hinchas luego de un viaje de 24 horas en una buseta (mejor dicho, lata con ruedas) que fueron a celebrar el esfuerzo de un equipo que se levantó del fondo de la tabla. El título fue la consecuencia, el honor fue el propósito.
Ese honor que llevó a Darío Figueroa a erigirse como uno de los ídolos de esta institución, al esforzarse temporada tras temporada para hacerse necesario en la titular, cuando muchos técnicos lo descartaban. Ese honor fue el que lo impulsó a reaparecer una vez en el Pachencho para matar a un equipo fantasma que pensó que él no cabía ahí. No, su casa estaba en la otra banca.
Ese honor que hizo que el joven Daniel Arismendi no fuese otra joven promesa del futbol venezolano en quemarse y quedarse solo con esa etiqueta. Que le hizo luchar en su era de prestamos y convertir un apodo en un nombre propio, que grita todo un país. Cafu no juega para Brasil, él juega para el Unión.
Ese es el honor que falta hoy en día. El que ha hecho que gente que iba hasta cuando tuvimos la amenaza de descender, diga que no va más hasta que vea algo más en la cancha.
No pedimos que sean el equipo campeón. Simplemente que sean un equipo con honor. Que se miren profundamente y saquen ese extra.
Hacen eso, y la camiseta también será suya y seremos una familia otra vez, arropados por el honor de luchar para dar lo mejor de nosotros mismos. Hacen esto y les prometo, que le exigiremos a las futuras generaciones los honren a ustedes también.
Firma:
Cualquiera en la grada.

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